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En la mitología cántabra la ojáncana (también denominada Jáncana o Juáncana) es la hembra del ojáncano, y frecuentemente se la representa como la esposa del este. Al igual que el ojáncano, un personaje sanguinario con el mismo aspecto aterrador pero es aún más perverso ya que no temía a nada y realizaba sus maldades de frente, sin fingimiento alguno.

Ambos representan la antítesis a la dulzura y bondad de las anjanas y solo éstas o un duende pueden proteger a los hombres de ellos y castigarlos. Al igual que el ojáncano, vivía en las cuevas lóbregas y profundas, sucias, desaliñadas y malolientes, de las que aún quedan topónimos en la región.

De gran fuerza su cara era chata y fea, dos ojos de mirada penetrante e intensa, greñas híspidas y con enormes y retorcidos colmillos que surgen de su sobresaliente labio inferior imitando a los de un jabalí y con una piel escamosa y agrietada. Compartía con las águilas la facultad de mirar al sol de frente, sin sufrir daño alguno. Pero la más caracteristica deformidad es el gran tamaño de sus pechos que caen alargados como bolsas y que puede cargarlos a la espalda, acto que suele realizar cuando caza, está enfadada o huye.

Jancana
Le gusta cazar los niños que se pierden por el bosque, con los que se alimenta. Primero les roba toda la sangre, para ella el más exquisito licor, y más tarde los devora a grandes dentalladas. Cuando no dispone de sus infantiles víctimas, se tiene que conformar con comer animales, que acumula en sus antros lobregos y profundos, generalmente cuevas oscuras. Tampoco despreciaba cualquier alimento que pudiera robar en los pueblos, como borona o leche, salvo la rámila, que odiaba y temía.

En los umbrales de estos lugares es donde algunos lugareños dejan carne o pan de mijo junto a cuencos de leche o sangre de animales confiando evitar sus continuas salidas de caza de hombres, niños y rebaños.